AmCham Chile abordó las transformaciones de la polarización en Chile con las investigadoras Magdalena Browne y Kathya Araujo

AmCham al Día, Círculo de Asuntos Corporativos
01 Julio 2026
Autor: AmCham Chile
En un encuentro del Círculo de Asuntos Corporativos, dos académicas presentaron los resultados de un estudio longitudinal sobre el ciclo electoral 2025-2026 y una lectura sociológica sobre las energías políticas sin cauce institucional. Ambas advirtieron sobre el impacto del fenómeno en el entorno de negocios.

Chile no se polariza como Estados Unidos, y ese es el problema. En el país donde la identificación con los partidos se derrumbó del 80% al 20% en apenas veintiséis años —la caída más abrupta de América Latina—, el clima de crispación creció sin apoyarse en el sistema partidario que en otras democracias funciona como amortiguador. La polarización avanza sobre suelo institucional debilitado, lo que la vuelve más volátil e imprevisible. Y para las organizaciones, la volatilidad es peor noticia que la intensidad.


Esa fue la conclusión compartida por las dos investigadoras que participaron en el conversatorio "Radiografía de la polarización en Chile: tendencias y transformaciones", organizado por el Círculo de Asuntos Corporativos de AmCham Chile. Magdalena Browne, decana de la Escuela de Comunicaciones de la Universidad Adolfo Ibáñez e investigadora del Laboratorio de Encuestas y Análisis Social (LEAS-UAI), presentó los resultados de un estudio longitudinal desarrollado durante el ciclo electoral 2025-2026, con tres olas de medición: preelectoral, postbalotaje e inicio del nuevo gobierno. Kathya Araujo, profesora titular del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago y directora del Instituto Milenio en Autoridad y Regulación, aportó la lectura sociológica sobre qué sostiene el fenómeno en el largo plazo.


El Círculo de Asuntos Corporativos convocó la instancia con un planteamiento explícito: en un entorno cada vez más fragmentado, la gestión de asuntos corporativos debe redefinirse, y para eso las empresas y los gremios necesitan comprender el fenómeno antes de intentar responder a él.



El salto que llegó para quedarse


Antes de exponer las cifras, Browne fijó una distinción metodológica que atraviesa toda la discusión. Una cosa es la polarización ideológica —la distancia cognitiva entre posiciones, medida en la clásica escala 1-10 izquierda-derecha—. Otra muy distinta es la polarización afectiva: la carga emocional, el nivel de animosidad hacia quien piensa distinto. Son dos fenómenos separados, y no siempre se mueven juntos. Un país puede tener grandes diferencias ideológicas y bajo rechazo emocional, o al revés.


La medición del LEAS-UAI arrojó un dato inédito para Chile. Durante años, la polarización afectiva se había mantenido relativamente estable. En la última elección cruzó el umbral de los cinco puntos en la escala 1-10. "Ese aumento pasa la barrera de los cinco puntos, esa barrera que da para quedarse para siempre", advirtió Browne. La literatura sobre el tema, explicó, indica que una vez superado ese nivel, el fenómeno tiende a instalarse.


El dato ubica a Chile en el segundo lugar entre los países medidos, solo por debajo de Estados Unidos. Y hay algo aún más llamativo: el nivel no cedió en marzo, ya asumido el nuevo gobierno. Lo esperable, según Browne, hubiese sido un retorno gradual a un "sentido país" tras la contienda electoral. No ocurrió.


Dentro de las cifras, uno de los hallazgos merece detención especial. Los mayores niveles de polarización —tanto ideológica como afectiva— se concentran en los segmentos de mayor educación. Más del 80% de los mayores de 60 años exhibe alta polarización afectiva, y el fenómeno crece en todos los tramos etarios, pero es en la franja educada donde alcanza sus valores máximos. Es un hallazgo contraintuitivo, y Browne fue directa al comentarlo: "Hay que tener cuidado con esas visiones que a veces subestiman a la población en general, que creen que este es un problema 'de ellos' y no 'de nosotros', porque a veces los polarizados somos nosotros."


Pese al escenario, hay un contrapeso. El apoyo a la democracia como mejor forma de gobierno se mantiene estable entre un 65% y un 70%, aunque con diferencias según el tipo de votante. La conclusión de Browne matiza sin suavizar: el descontento no se ha traducido —al menos hasta ahora— en una crisis de legitimidad del sistema democrático.



Politización sin identificación


Araujo tomó las cifras de Browne y las reinterpretó con una tesis propia. Según ella, lo que atraviesa Chile no encaja bien en la categoría de desafección política. Se trata de algo distinto y menos comentado, para lo cual acuñó una categoría propia: politización sin identificación. "No es cierto que haya verdadera desafección", planteó. "Hay altísima politización, cada vez más, pero sin vínculo con la política institucional."


Su investigación, desarrollada en el Instituto Milenio en Autoridad y Regulación, sostiene que la ciudadanía chilena está más activada políticamente que hace veinte años, particularmente en sectores populares y entre mujeres. El interés por lo público subió; lo que se rompió fue el puente entre ese interés y los canales tradicionales de representación. El resultado es una combinación paradójica: alta energía política, bajo anclaje institucional. "Es más simple tener desafección y desidentificación que tener alta politización y desidentificación", advirtió.


De esa desconexión emerge un patrón electoral que Araujo describió en términos precisos: "La gente elige por lo que hemos llamado la adhesión al rasgo. La gente no elige ni por ideología ni siquiera por persona." El elector se identifica con un rasgo del candidato —autoridad, cercanía, orden— más que con una plataforma o con una figura. Eso explica por qué los apoyos son móviles, transitorios y difíciles de proyectar.


La consecuencia es un depósito de expectativas y frustraciones que no encuentra canalización institucional. Araujo lo describió con una imagen que operó como columna vertebral de toda su intervención: "Tienes como una especie de mundo de energías liberadas que nadie puede canalizar."



La élite habla, la gente calla


Uno de los pasajes más contraintuitivos del conversatorio fue la observación de Araujo sobre dónde vive realmente la polarización afectiva. La animosidad y la escenificación polar son fenómenos que habitan sobre todo en los actores políticos, en el debate público mediatizado y en ciertos entornos de élite. La mayoría de los chilenos, en la interacción cotidiana, no las reproduce. Ante el conflicto, opta por una estrategia distinta: "Lo que la gente hace es callarse. O sea, abre el tema y, si ve que hay riesgo, se calla, y el asado continúa."


Araujo llamó a esas estrategias "capas de protección" y advirtió sobre el escenario que más le preocupa: que la lógica de la escenificación polar termine ingresando al mundo social y erosione esas capas. Si eso ocurriera, el fenómeno dejaría de ser una característica del sistema político para volverse una característica de la vida en común.


Aunque presentaron por separado, Browne y Araujo se cruzaron en un mismo diagnóstico. La primera había mostrado con datos que los más polarizados afectivamente son los segmentos educados; la segunda argumentó, desde una lectura sociológica, que la crispación es hoy sobre todo un fenómeno de élite. Dos caminos, un mismo hallazgo.



Por qué esto le importa a una empresa


Hacia el final del conversatorio, Araujo formuló la traducción directa al mundo corporativo: "Para cualquier empresa, para cualquier organización, la incertidumbre y la imprevisibilidad son las peores cosas que pueden acontecer: son enormes riesgos." Una sociedad polarizada arrastra un costo adicional al del conflicto abierto: se vuelve menos predecible. Los apoyos son volátiles, las expectativas se activan de forma inesperada, y las decisiones regulatorias y políticas pierden previsibilidad.


Browne complementó con una lectura de fondo. La separación conceptual entre lo político y lo económico, que en otras décadas permitía leerlos como esferas relativamente autónomas, ya no describe bien lo que ocurre: "Hace rato que ya no podemos entender que la economía va tan separada de la política."


Ese cruce fue precisamente el motivo por el cual el Círculo de Asuntos Corporativos de AmCham Chile organizó el encuentro. La agenda planteada por la Cámara al abrir el conversatorio identificó tres inquietudes: cómo entender un fenómeno que reconfigura el entorno de negocios, cómo preservar la neutralidad técnica y la interlocución con distintos sectores en un país fragmentado, y qué rol pueden cumplir las empresas y los gremios como articuladores del diálogo público-privado. Las expositoras aportaron el diagnóstico. Las respuestas, en un fenómeno de esta escala, no se resuelven en noventa minutos.


Al cierre, Browne dejó una advertencia que operó como resumen: "Al país nos unen las adversidades, nos unen los terremotos, pero el proyecto colectivo en conjunto cuesta."

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Cámara Chilena Norteamericana de Comercio
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